Hom[e]age · Homenaje
El Jardín de Jung-He정혜의 정원
Corea → Puerto Rico · vive en Cayey
Jung-He llegó a Puerto Rico desde Corea en 1974 y se quedó. Ha vivido en esta isla la mayor parte de su vida — más años aquí que en el país donde nació — allá arriba en Cayey, en la montaña verde.
Este archivo empieza en las manos. Arendt (1958) nombra dos términos — animal laborans y homo faber, «el trabajo de nuestro cuerpo y la obra de nuestras manos» (p. 85) — y nos recuerda que en la antigüedad, los oficios que servían al «sostenimiento de la vida» eran del esclavo, despreciados, porque «solo los esclavos se ocupaban de ellos» (p. 83). El trabajo que apenas sostiene el vivir — cocinar, cuidar, la ronda diaria — quedaba en lo más bajo, en manos de quienes se daba por hecho que no tenían elección.
Giard (1998) propone cambiar esa condición llamándola una nación — «la Nación de las Mujeres de Cocina» — y nombra la hipocresía que se les hace: se cantan las «alabanzas ingenuas» de la cultura «mientras se entierra o se desprecia a quienes le dieron vida» (p. 155). Contra eso, ella propone considerar «las prácticas ordinarias tantas veces tenidas por insignificantes», y tomarlas como «dignas de interés, de análisis y de registro» (p. 155).
La cocina de Jung-He en Cayey — la col, la sal, el arroz hecho como se hace desde Gyeongsangbuk-do — no es el trasfondo de una historia. Es la historia.
Jung-He llegó de Corea y construyó aquí — dos hijas, un jardín, una casa, una vida, décadas del trabajo que sostiene un mundo. Cuando una vez pensó en irse a Nueva York, sus hijas la detuvieron: «Mami, no, somos puertorriqueñas.» La mujer coreana es puertorriqueña, nombrada así por las hijas que sus manos criaron.
Bachelard escribe que la primera casa nunca abandona el cuerpo: «la casa en que nacimos está físicamente inscrita en nosotros. Es un grupo de hábitos orgánicos» (p. 14). El cuerpo la guarda sin proponérselo — «nuestro cuerpo, que no olvida» (p. 15). «El tacto del más pequeño picaporte ha quedado en nuestras manos» (p. 15).
A los cuatro años de estar en la isla, divorciada, criando sola a dos hijas, le pidieron que regresara. Corea seguía ahí para ella — su familia, sus hermanas, un camino de vuelta. No regresó. Se quedó, e hizo su vida en la isla. Y la Corea a la que no volvió crece de todos modos en su jardín: el lado izquierdo sembrado de semillas que su hermana todavía le manda, el kimchi que sus hijas le piden, el arroz hecho como se hacía en Gyeongsangbuk-do. No la olvidó. No volvió a ella. La sembró donde estaba parada.
En su jardín no hay flores.
El imaginario nunca es solo personal. Taylor (2004) lo nombra como la manera en que «la gente común imagina su entorno social» — el «entendimiento común que hace posibles las prácticas comunes, y un sentido ampliamente compartido de legitimidad» (p. 23). El jardín de Jung-He es ese imaginario hecho tierra: Corea y Puerto Rico en una misma parcela, el territorio re-trazado surco a surco. El imaginario no es nostalgia. Es cómo se hace un lugar.
Nos recuerdan constantemente que Puerto Rico es un país del que su gente se va. El exilio, la diáspora, el avión al norte — es el relato que la isla se cuenta de sí misma, repetido ad infinitum. Y sin embargo: mientras los suyos se van, estos «que no son de aquí» — como la isla todavía los llama — llegan, y se quedan. Jung-He encarna lo que es cincuenta años de quedarse.
Lee (2018) estudia a coreanos que regresan a Corea y se encuentran sostenidos «entre lo extranjero y lo familiar» — recibidos no como parientes sino con «reglas inconsistentes y arbitrarias de inclusión y exclusión étnica» (p. 7). Jung-He nunca regresó. Se quedó, y las mismas reglas la encontraron aquí: cincuenta años en la isla, dos hijas que se dicen puertorriqueñas, una vida construida con sus manos — y aún así es la mujer coreana, la visitante, la que no es de aquí de verdad.
Hay una diferencia entre una sociedad que mantiene sus culturas una al lado de la otra y una que las deja mezclarse. Sze y Powell lo nombran: una tiende «a preservar una herencia cultural», mientras la otra «permite que las culturas circulen, se intercambien, se modifiquen y evolucionen» (cit. en Meer y Modood 2012, p. 185). El jardín de Jung-He hace las dos cosas a la vez — Corea a la izquierda, Puerto Rico a la derecha, los surcos bien distintos, y la jardinera moviéndose entre ellos, las semillas de Corea en tierra puertorriqueña, el kimchi en una mesa puertorriqueña. No se quedaron separados; se juntaron.
Esta es la dirección olvidada hecha visible: los procesos socio-históricos que han formado, y siguen formando, la diversidad dentro de la sociedad puertorriqueña. Jung-He no está fuera de ese tejido. Es una de las manos que todavía lo tejen. La pregunta que el archivo deja abierta no es si ella pertenece. Es si la isla puede ver a esta generación — los que llegaron, y se quedaron, y construyeron — como parte de lo que es ahora.
Introduction 02La vida en Puerto Rico
Early Years in PR 03La vida a través de los años
Life Over the Years 04Familia, trabajo, comida
Family, Work, Food 05Su nombre
How She Got Her Name
Marco crítico y conceptual: Ana Sánchez-Colberg · investigado y redactado con Claude (Anthropic). Las fuentes citadas son verificadas por la autora.