Mildred · Jayuya → Yauco, Puerto Rico
El Sensorio de MildredThe Vanished Sensorium
Yauco · años sesenta
Mildred nació en Jayuya y fue llevada a Yauco antes de cumplir su primer año. Creció en el pueblo a lo largo de las décadas en que la isla se rehizo a sí misma — los años que el estado archivaría después bajo la palabra desarrollo. Su relato de esos años no llega como crónica. Llega como una relación entre dos personas: Mildred, y la mujer que vino a escuchar.
Esa relación es el terreno crítico de esta página. Cavarero, releyendo a Arendt, encuentra en ella una forma de conocimiento con reglas propias: «la comunicación entre mujeres se da como la comparación de historias de vida, más que como el intercambio recíproco de ideas» (Cavarero 2000, 54). Las vidas se colocan una junto a otra hasta volverse embrouillées, entretejidas (p. 53) — una vida apareciendo frente a otra, cada una condición de la aparición de la otra. Lo que surge entre ellas es un quién: Mildred, expuesta como la que es.
Un quién no puede poseerse, y no puede universalizarse. Este es el reclamo de Cavarero a la disciplina de la Historia, a la que acusa de «el formidable error que consiste en cambiar la irrepetible unicidad por lo abstracto» (p. 58). La Historia cuenta; generaliza; disuelve lo uno en lo múltiple. La vida que permanece singular lo hace porque emerge en los sentidos, y los sentidos no generalizan. Una fecha puede hacerse valer por una década. Lo que un cuerpo escuchó, en un lugar, a una hora, no vale sino por sí mismo. El sensorio es el nombre de esa singularidad: una historia que permanece particular porque permanece sentida.
Esa historia se recibe al oírla — y oír, aquí, no es metáfora. Nancy separa el escuchar del oír: se oye un significado, pero escuchar es tender hacia la sonoridad debajo de las palabras. Él lleva la pregunta a su raíz: «¿qué significa para un ser estar inmerso enteramente en la escucha… escuchando con todo su ser?» (Nancy 2007, 4). Cuando alguien te escucha con todo su ser, tu propia voz te regresa a través de esa persona. Nancy llama a esto resonancia: un yo «uno en el eco del otro» (Nancy 2007, 9). Mildred suena en el eco de la mujer que vino a escucharla, y quien la escucha entra en ese mismo eco.
Mildred aparece en sonido. Quien visita la escucha, o lee sus palabras mientras se mueven; los ojos pueden cerrarse o quedarse abiertos. Su relato emerge en el oído y no en el ojo, y un relato que emerge así conserva la singularidad que la Historia disuelve. Como escribe Zambrano, en la escucha «uno no se mira a sí mismo, sino que se da a ver» (Zambrano, en Cavarero 2000, 86). Mildred se revela a sí misma al ser escuchada.